Algarabía

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Durante el siglo XVI, y comienzos del XVII, una palabra simboliza en sus cambios de contenido semántico, toda una serie de luchas internas dentro de la comunidad cristiana dominante respecto a su actitud frente a la comunidad vencida: ¿Qué hacer con los moriscos? La manera mejor de observar la imagen que los cristianos viejos se hacían de los moriscos nos la da el vocablo que define la forma en qué hablaban: ‘algarabía’.

Cada autor utilizó esta ‘voz’ como bandera en sus argumentos en favor de la asimilación de los “cristianos nuevos de moros” o reclamando su extirpación total. El resultado de esta lucha, a veces teórica, otras con brillantes salidas literarias, fue modelando los diversos significados aparentemente encontrados de la palabra hasta llegar a la acepción definitiva con que conocemos el término “algarabía”.

Algarabía es una palabra cuya etimología se relaciona con el árabe “al‑ arabiyya”, que quiere decir, la lengua árabe. Esta es la primera acepción que encontraremos en cualquier diccionario castellano, correcta desde un punto de vista que pretende ser histórico, peso que no coincide con su utilización habitual.

Las siguientes acepciones se acercan más a lo que entendemos actualmente por “algarabía”. Así tenemos, por orden:

1) Lengua árabe (etimológico, peso no usado en la actualidad).

2) Lengua o escritura ininteligible (figurado y familiar, ya en desuso).

3) Manera de hablar atropelladamente y pronunciando mal las palabras (también en desuso).

4) Gritería confusa de varias personas que hablan a un tiempo (el significado más común en la actualidad).

5) Enredo, maraña (poco o nada usado).

Maria Moliner en su Diccionario de Uso del español utiliza la acepción corriente que es la de “Armarse o haber”, un “alboroto”, ruido producido por gritos y voces confusas y estridentes.

Situemos el término: en los textos producidos durante el avance cristiano sobre al‑Andalus, en la Crónica de Alfonso X el Sabio, se da la acepción etimológicamente correcta. Esta se conserva, de utilización cada vez más culta, y es recogida incluso por el Tesoro de la lengua española de Covarrubias (1611). En textos literarios o históricos llega hasta comienzos del siglo XX, pero luego desaparece debido a la contaminación de la acepción mas popular. Solo historiadores que estudian la época (siglos XIII‑XVII) la nombran al estudiar declaraciones de individuos “que hablaban algarabía” o libros “escritos en algarabía”. Generalmente, para señalar su arcaísmo, la transcriben tal como se escribía en la época, “algaravia”, y, por lo demás, la mayoría de estos escritores, cuando se refiere en otro contexto a estas personas o libros, simplemente traduce que “hablaban árabe” o sus manuscritos “estaban en lengua árabe”.

¿Cuándo se realiza la permutación del contenido semántico de esta palabra? ¿Por qué y en qué sentidos diferentes? Todavía, a finales del siglo XVI, una novela del genero Llamado morisco utiliza el término “algarabía” en su sentido etimológico y sin un particular sentido peyorativo. Cuando Guzmán de Alfarache cuenta la historia de Ozmín y Daraja (Guzmán de Alfarache, edición de Francisco Rico, Planeta, Barcelona, 1983, p. 205) sigue la acepción primitiva, pero será mejor señalar los cambios que realiza respecto al sentido original de la algarabía.

No sólo los protagonistas saben castellano (ya definida como lengua española e identificada con el cristianismo viejo), a pesar de su origen moro granadino, como Ozmín : “tan  diestro en la lengua española, como si en el riñón de Castilla se criara y hubiera nacido en ella” (ALEMAN, Mateo, Op. cit. p. 196.). Daraja, por su parte:  “tan diestramente hablaba castellano, que con dificultad se le conociera no ser cristiana vieja, pues entre las más ladinas pudiera pasar por una de ellas” (ALEMAN, Mateo, Op. cit. p. 198.).

Es decir, la identificación de cristianismo, español y castellano está ya plenamente realizada pero todavía, Mateo Alemán, habla como “cosa digna de alabanza de mozos virtuosos y gloria de padres, que en varias lenguas y nobles ejercicios ocupan a sus hijos”. Se trata del último canto, ambiguo sin embargo, de una larga tradición de asimilación de la comunidad morisca, desde un punto de vista misionero. Esta tendencia, llena de buenas intenciones y muy teórica, que pretende la conversión mediante el ejemplo es sustituida por una política de conversiones forzosas a comienzos del siglo XVI, y Llevada al paroxismo de las prohibiciones totales de “expresarse en algaravía” durante el sínodo de Guadix de 1554 (véase Gallego Burín y Gamir Sandoval, Los moriscos de Granada según el sínodo de Guadix de 1554, Granada, 1968), en línea con la contrarreforma. En ese momento, los libros favorables al estudio de la algarabía por parte de religiosos misioneros, como el Antialcoran (Valencia, 1532) de Bernardo Pérez de Chinchón, un erasmista tratado de buenos deseos, entra en el Índice.

La manera de llevar a cabo la catequesis de Daraja y los presuntos deseos de la reina Isabel de no forzar la conversión de la pareja sino dejarles plena libertad para escoger, parecen implicar que Mateo Aleman haya leído la obra de Pérez de Chinchón, o por lo menos de encontrarse en el universo mental de este autor. Es común a ambos una metáfora volitiva, la introducción por la boca del ‘trago’ de la catequesis: “…ganarle la boca poco a poco como a pollos” en Chinchón (op.cit., fol.VI del prólogo), “…irla saboreando en las cosas de nuestra fe “‘ en el caso que describe el Guzmán de Alfarache (Op.cit., p.198).

Algarabía y catequesis

La conversión mediante la exposición razonada de argumentos es el objetivo de la catequesis, por medio de la cual “enseñar blandamente a los nuevos” la ley cristiana. Este aprendizaje es lento y dificultoso, pero “cuanto mayor sea la dureza de esta gente, tanto mayor habrá de ser la blandura..‑ Es persuadir a unos hombres rudos que no alcanzan razón, y que cuando la alcancen, no se les puede hacer violencia, que dejen la profesión de sus padres, y abuelos, con la cual piensan que se han de salva, y que reciban otra, la cual por su alteza no la pueden entender, y por la poca capacidad de ellos, ni aun alcanzar razones que la hacen creíble” (FONSECA, Damián, Justa expulsión de los moriscos de España, Iacomo Mascardó, Roma, 1612, p.436).

Esta actitud eminentemente paternalista considera a los neófitos moriscos como ignorantes debido a su “rusticidad” (Fonseca, op.cit., p.433) o niños “como a pequeños del señor” (VALENCIA, Pedro de, Tratado acerca de los moriscos de España, Madrid-Zafra, 1606, fol.60). Asimismo, la catequesis se transforma en una domesticación de animales “porque son como las fieras, que no se sujetan a Los hombres con violencia, sino con halagos y maña” (FONSECA, op.cit. p.433), o una medicina purgante que debe ser suave “por ser el sujeto flaco, y en lugar de dar salud, mataría” (FONSECA, op.cit. p.438).

Pero, queda un problema: ¿Cómo realizar la catequesis y en qué lengua?

Para atraerlos, el misionero debe disfrazarse con ropajes adecuados que les inspiren confianza. Para lograr esta adaptación se pretende crear cátedras de arábigo donde se enseñe esta lengua, para, posteriormente, introducir misioneros entre ellos. Es la misma visión que tenia Nebrija (en su gramática de la lengua española) sobre “los exploradores que deben infiltrarse en el enemigo para descubrir sus intenciones” (cit. BATAILLON, Marcel, Erasmo y España, F.C.E. México, 1967, p. 33.). Estos, deberían explicarles la verdad, “mostrándoles los males y mentiras de su ley, enamorarlos a la nuestra primero con las obras y luego con las palabras” (RIPOL, Juan, Diálogo de consuelo por la expulsión de los moriscos de España, Nicolás de Asiayn, Pamplona, 1613).

Estamos en la planificación proyectada tiempo atrás por Ramón Llull, que también estudió el arábigo, y continuada a lo largo de Los siglos X1V y XV, como es el caso de Juan de Segovia (CABANELAS RODRIGUEZ, Darío, Juan de Segovia y el problema islámico, Universidad de Madrid, Madrid, 1952), y que llega hasta el círculo granadino del obispo Hernando de Talavera. La idea es aportar argumentos ideológicos para convencer de la falsedad de las teorías coránicas (Reprobación del Alcorán, Sevilla, 1501, B.N.M., que es una traducción de la Improbatio Alcorani, tratado del dominico Riccoldo de Monte di Croce, im­preso en Latín el año anterior, Sevilla, 1500. Obra traducida al italiano por Domenico de Gaztelu, Venecia, 1543).

Y, para ello, con el objetivo de convertirlos, es necesario hablarles en su lengua. En el primero de estos sentidos se dirige el Antialcorano de Bernardo Pérez de Chinchón, o la Opera Chiamata confussione delta seta machurnetana de Juan Andrés (obra traducida del italiano por Domenico de Gaztelu, Venecia, 1543). En el segundo Las gramáticas apadrinadas por los arzobispos Hernando de Talavera en Granada  (ALCALA, Pedro de, Arte para ligeramente saver la lengua arávica, Ed. en facsímil de la Hispanic Society of America, New York, 1928, y ALCALA, Pedro de, Vocabulista aravigo en lengua castellana, Juan de Varela de Salamanca, Granada, 1505) y Martín de Ayala en Valencia (El libro de Martín de Ayala fue reeditado por el Patriarca Ribera con el titulo de Catecismo para instrucción de Los nuevamente convertidos de moros, Pedro Patricio Mey, Valencia, 1599) “con la elección de argumentos apropiados para alejar sus errores y conducirlos a la verdadera fe” (Frase pronunciada por San Bernardo en un sermón en 1144).

Hernando de Talavera seguía una máxima asimilacionista que decía “dadnos de vuestras obras y tomad nuestra fe”. Así, “a raíz de la conquista de Granada diversos métodos eran posibles para esa conversión. La capitulación de 1491 había garantizado a los vencidos el respeto a sus costumbres y su religión. El venerable Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, concibe la idea de ganárselos haciendo resplandecer la superioridad del evangelio por la palabra. Aprende algunos rudimentos de árabe, a pesar de su avanzada edad”  (BATAILLON, op.cit. p.58). Según nos dice su cronista, “decía que daría de buena voluntad un ojo por saber la dicha lengua para enseñar (la doctrina cristiana) a la dicha gente, o que también daría una mano, si non por non dejar de celebrar” (Breve suma de la santa vida del reverendíssimo y bienaventurado don Fr. Hernando de Talavera, cit. Amador de los Rlos, Historia Crítica de la literatura española, t. VII, p. 358). Por lo menos quiere que su clero aprenda el árabe. El Arte para ligeramente saver la lengua arábiga y el Vocabulista arábigo de fray Pedro de Alcalá son un testimonio de ese intento de evangelización pacífica teóricarnente.

Cátedras de arábigo, colegios para niños y niñas moriscos, predicaciones a cargo de misioneros… los programas asimilacionistas son teóricos y caen la mayoría de las veces en el vacío, cuando no terminan con la pretensión de imponerse por medio de la penalización (multas y castigos a los que no cumplen las leyes asimilacionistas). “Cisneros, llamado a colaborar con Talavera, pone en práctica medios completamente diversos. Procura ganarse a la aristocracia morisca, hace presión sobre los alfaquíes, provoca conversiones en masa que suscitan una reacción violenta, quema los libros musulmanes. Una rebelión le da pie para mandar revocar las concesiones hechas en los días de la conquista. Todo musulmán es considerado muy, pronto como un rebelde; y tal como había sucedido un siglo antes con los judíos, los conversos constituyen una masa inasimilada de cristianos nuevos cuyo cristianismo es sospechoso” (BATAILLON, p.59). Marcel Bataillon nos da una pista sobre el destino de los planes asimilacionistas al señalarnos que “las cátedras de lenguas previstas en Alcalá (universidad) se desarrollaron al capricho de los proyectos del cardenal, más bien que de acuerdo con lo previsto en las constituciones. Si la cátedra de hebreo se proveyó desde muy temprano, la enseñanza del árabe, en cambio no se estableció nunca a pesar de que la Andalucía morisca ofrecía vasto campo a quienes hubiesen querido servirse de esta lengua para poder difundir mejor la palabra divina” (BATAILLON, p.20). Pero, es que la concepción sobre la algarabía había cambiado y se estaba llenando de un contenido muy diverso.

Algarabía y conspiración

Cuando el rey Francisco I de Francia es hecho prisionero en Pavía, a su llegada a la península se hospeda en Benisanó, reino de Valencia. Al amanecer “le recordaron el sueño unas votes desentonadas que le dieron en los oídos tan reciamente, que recordó sobresaltado, y aún saltando de la cama, entendiendo que era escuadrón de gente, que había circuido el castillo, para ejecutar en su persona alguna orden del emperador; y con el sobresalto llamó al sector Alarcón (que le traía a su cargo) y le preguntó del ruido. Respondió, que no era negocio de momento, porque lo habían causado los moros de aquel lugar, que, habiendo madrugado para salir a sus tareas, se habían puesto en la plaza debajo de las ventanas del castillo a platicar en sus negocios, y dando aquellas voces, según su costumbre y modo de hablar, que todavía es gritando. Sintió tanto la burla el rey que juró le habían de pagar la alteración recibida, y afear mucho al emperador el permitirlos en sus tierras, como así lo hizo” (ESCOLANO, Gaspar de, Segunda parte de la Década Primera de la Historia de la insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia, Pedro Patricio Mey, Valencia, 1611, columna 1664). Esta anécdota, verdadera o falsa, conecta con muchas protestas de los cristianos viejos como nos señala también Damián Fonseca (señalando asimismo la identificación animalizadora de ‘gritar como animales’ o de estar en un estadio prehumano, ‘modo de hablar que todavía es gritando’). La evidencia, mostrada por los dos escritores es que, durmientes hasta hora avanzada, los cristianos viejos sentían en mucho los gritos de los campesinos moriscos que acudían desde muy temprano a labrar las tierras de sus señores, incluso en días de fiestas cristianas, de las que estaban exentos para rentabilizar mejor su función servil. Pero, esta obligación de trabajar en fiestas, se volvía contra ellos ya que Fonseca y Aznar los acusan directamente de ‘trabajar incluso en fiestas para mofarse de la religión cristiana’.

Ya, en el Memorial de Clemente IV al rey Jaime I le increpa que debería “correrse (avergonzarse) que vasallos suyos y súbditos, en sus reinos cada día, a ciertas horas alabasen el nombre del sucio Mahoma con públicos pregones y alaridos en oprobio y vilipendio de Jesucristo nuestro señor” BLEDA, Jaime, Coronica de los moros de España, Felipe Mey, Valencia, 1618, p. 873.). Gritos de mercado o preces religiosas, la algarabía se ve como una amenaza. Ininteligible al cristiano, éste la siente como un vehículo a través del cual se urden traiciones y conspiraciones. Las inocentes conversaciones de mercachifles, buhoneros, hortelanos, las zambras para celebrar cualquier acontecimiento, cualquier manifestación en esta extraña `jerga” es temible. La algarabía no es una lengua con sus reglas aparte ni una forma de pronunciación diferente. Es fundamentalmente, una invitación a la rebelión, a la unión, una amenaza. La algarabía se expresa según los cronistas “con sordas algazaras y alborotes” (AGUILAR, Gaspar de, Expulsión de los moros de España, Pedro Patricio Mey, Valencia, 1610, p. 35), “con mayor vocinglería y regocijo” (FONSECA, Damián, op. cit., p. 94), porque los moriscos siempre ventilan sus “asuntos a gritos y voces desmesuradas” (AZNAR CARDONA, Pedro, Expulsión lustificada de los moriscos españoles, Pedro Cabarte, Huesca, 1612, II parte, fol. 361.). La algarabía es una demostración palpable y ‘monstruosa’ de que los moriscos existen y se les oye.

Como algo extraño, confuso y amenazador, es utilizado el término como un símbolo de la confusión de palabras, dislate o argumentos contradictorios. “Parece esto algarabía y pasa así”, nos dice santa Teresa de Jesús (Libro de la vida, cap. 19, Taurus, Madrid, 1982, p. 141.). Y, aunque la Santa también aplica el término “algarabía” correctamente interpretado como “lengua árabe”, lo utiliza con la intención de ejemplificar en su Camino de perfección una relación que le resulta incomprensible, una falta de comunicación en definitiva: “por que no lleva camino, uno que no sabe algarabía, gustar de hablar mucho con quien no sabe otro lenguaje” (Camino de Perfección, Cap. XX, Aguilar, Madrid, 1982, p. 249) .

Del mismo modo, Cervantes sabe el significado original del vocablo como ‘lengua árabe’ y en el capítulo III del viaje del Parnaso (verso 37-39)  escribe:

Desta manera andaba la Poesía

De uno en otro, haciendo que hablase

Éste latín, aquel algarabía.

De todas maneras, es una lengua extraña:

“Mirad escribano Pedro Capacho,  haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano; vos que sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no” (Retablo de las Maravillas, V, 246 Vo, según el vocabulario de Cervantes  de Carlos Fernández Gómez).

Pero, también utiliza el sentido de ‘lenguaje incomprensible’:

En la comedia Pedro de Urdemalas de Miguel de Cervantes, el representante le dice a Pedro:

“Enigma y algarabía

Es cuanto habláis, señor,

Para nosotros”

(versos 2832-34)

Hay que acabar, al precio que sea, con esta muralla que impide la comunicación de la verdadera religión. San Luis Bertrán prescribe que “se prohíba a los moros el hablar algarabía señalando por castigo que no se pudiesen casar ni los hombres ni las mujeres, hasta que hablasen y entendiesen nuestro vulgar” (cit. FONSECA, op. cit. p. 459). La destrucción de bibliotecas, de testimonios de lengua escrita (libros aljamiados o árabes) es un tema ampliamente estudiado y una labor que los cristianos viejos realizan sistemáticamente: transcripciones coránicas, libros religiosos con hadit(s) del profeta, sermones… Libros de cultura general, científicos como el Almagesto de Tolomeo o tratados médicos, prontuarios con preceptos para curar enfermedades… e incluso libros de profecías, magia o cuentos. Pero, para los autores antimoriscos del siglo XVI y XVI1, la algarabía, la lengua de los moriscos, es percibida fundamentalmente, como algo insoportable a su oído. Se trata mas bien de la lengua hablada a la que tratan de “asperísima lengua” (Citando a Pico de la Mirandola, SUAREZ DE FIGUEROA, Christobal, Plaza universal de todas las ciencias y artes, Luis Sánchez, Madrid, 1615, fol. 209) que diferenciaba radicalmente las dos comunidades.

“Con la diferencia de la lengua, no sólo de la arábiga, sino que cuando hablan la castellana, (se nota la diferencia) con el tono y el aire del hablar, y con la pronunciación” (VALENCIA, Pedro de, op. cit. fol.32). De esta apreciación lingüística de Pedro de Valencia, sacará Quevedo una personal interpretación esperpéntica de la confesión rnalintencionada de un morisco (QUEVEDO, Francisco de, “Desenfados y juguetes” en Obras festivas de Quevedo, Fontamara, Barcelona, 1982, p. 159).

Se pasa pues, con una facilidad asombrosa desde las posturas asimilacionistas, partidarias de un estudio de la lengua arábiga (para aniquilar al Islam interno del morisco), a una prohibición de su uso por parte de los penalizadores que “no solo no aprobaban el estudio de la lengua arábiga, antes eran del parecer que convenía desterrarla del todo de los reinos de España como perniciosísima a toda ella ” (FONSECA, Damian, Op. cit., p. 459.). Se llega a dar entidad a la lengua como un objeto peligroso. Se debe prohibir la algarabía porque así “irían perdiendo poco a poco el comercio con los de Berbería, entenderíamos las traiciones que contra nosotros urdían, irían perdiendo la afición a los libros que tenían escritos en arábigo… Se les olvidaría el Alcorán… escucharían con alguna eficacia a nuestros predicadores” (FONSECA, Damian, Op. cit., p. 459.).

Es de admirar, y debía sec frecuente, ver en una población morisca no acostumbrada aun al romance, llegar el predicador que, concentrada la comunidad por los guardias del señor o los oficiales del Santo Oficio, se desgañitaba explicando la falsedad de la “secta mahometana” y alabando la excelencia del cristianismo ante un publico realmente sorprendido de sus gritos ininteligibles. Una lengua, como la algarabía, tan perniciosa, es natural que terminara, por su carácter agresivo y malvado, siendo ajena absolutamente a lo español ya que, como afirma Damián Fonseca “parece imposible que los cristianos la podamos estudiar con tanta facilidad” (FONSECA, Damian, Op. cit., p. 457.). En realidad, el cristiano no debe aprenderla, pues algo de malvado ya se pega con su solo aprendizaje.

Ya vemos como las distintas acepciones de la palabra algarabía se van delimitando, desde la original, la etimológica, hasta la de uso más común actualmente: “la gritería confusa de varias personas que hablan a un tiempo”, pasando por “lengua o escritura ininteligible” así como también la manera de hablar atropelladamente y pronunciando mal las palabras, que revelan a su vez algo de “enredo o maraña”. Es quizás por eso, que una planta de ]as cercanías de Madrid, “de camas enredadas y mezcladas unas con otras” terminó llamándose ‘algarabía’ (Diccionario de Autoridades, Francisco del Hierro, Madrid, 1720).

En cuanto a que los moriscos hablaran mas fuerte de lo normal, es de difícil comprobación al no existir grabaciones de la época, pero, podemos pensar en los sentimientos confusos y animalizadores que la xenofobia despierta hacia un idioma que no se comprende y que se ven en los múltiples chistes que tienen ese tema. Una demostración, por pasiva, la tenemos en la divertida pesquisa que describe Edgar Allan Poe en busca del asesino de Los crímenes de la calle Morgue: los franceses aseguran que el desconocido hablaba español o italiano, un holandés le oyó decir “sacre diable” aunque reconoce no saber francés, el inglés corrobora esta declaración, un español dice sin embargo que era inglés y un italiano afirma sin vacilar que era ruso el criminal. A1 final, el asesino era un orangután.

Pero, no só1o el morisco y su situación ha servido para llenar el contenido semántico de la palabra algarabía. El término ‘algarabía’ también nos puede ayudar a comprender como era visto el morisco por la sociedad cristiana de comienzos del siglo XVII, cuando el vocablo adquiere los sentidos mas peyorativos.

Algarabía, imagen del morisco

La construcción de esta imagen sigue un esquema radial. Se trata de una figura en que todos los elementos se relacionan entre sí como las varillas de una rueda de tal manera que al moverse parece que todos fueran uno solo y no hay parte independiente que aísle o impida esta visión totalizante. La algarabía, es decir, su imagen reinventada por los polemistas cristianos, contiene una íntima relación entre todos sus apartados para formar la imagen deseada.

Bernardo Aldrete nos dice que “los árabes trogloditas, parece que llevaron consigo (a África) el nombre de bárbaros que Arriano les da y ello significaron Herodoto y todos los demás que dijeron que su habla era un estridor de murciélagos y propiamente eras barbarolingues ” (ALDRETE, Bernardo de, varias antigiiedades de España, Africa y otras provincias, Juan 1iafrey, Amberes, 1614, p. 448).

La unión de la lengua y un carácter rústico, bárbaro, salvaje, troglodi­ta, se amplía cuando “sabemos” por estos escritores anti moriscos que ellos, los moriscos, hablaban a gritos, que solucionan sus pleitos entre “voces y alborotes”. La lengua no só1o es algo de sonido animal sino que ellos mismos se animalizan con ella, y la lengua es expresión de esa animalización, de esa postura irracional. Incluso entre ellos mismos. Ya que “defienden sus asuntos, sus argumentos de modo bestial, a gri­tos, como lo mandó por religión el pleitista Mahoma ” (AZNAR CARDONA, Op. cit. 11 parte, fol. 362).

Se puede confiar en una lengua semejante, vehículo de disputas y falsedades? Hasta su forma es sospechosa. Pedro de Valencia nos indica su “forma de escribir en todo diferente y aun contraria… y el suyo viene al contrario como hileras de soldados que marcharan a encontrarse y combatir” (VALENCIA, op.cit, fol.21). Este caminar al revés indica una concepción del mundo de valores invertidos, su forma militar una amenaza. Bernardo de Aldrete nos dice que es “asperísima”, Damián Fonseca sentencia que es imposible que la aprenda un cristiano.

Tenemos, pues, que se trata de una lengua extraña, confusa, irracional en su composición, bestial en su forma de expresión, imposible de ser captada por el cristiano, que es decir, por el ser humano. López Madera, torturador de oficio, nos remacha la afición que le tenían los moriscos hasta no abandonarla en el potro de tormento (LÓPEZ MADERA, Gregorio, Excelencias de la monarquia y reyno de España, Madrid, 1625, fol. 101). Y, aunque él afirma que no les servia de nada, según había comprobado por su profesión, es opinión general que resultaba el principal elemento para realizar conjuros, esas extrañas parrafadas propias de hechiceros y médicos moriscos. También les sirve para comunicarse cosas ocultas que sólo podían ser la localización de sus supuestos, y buscadísimos, tesoros o las consignas de sus conspiraciones.

Luego, si es una lengua apropiada por esencia para la traición, hablarla ya es conspirar. Esto resultaba una terrible perspectiva para los partidarios de la extirpación de todo lo que oliera a morisco, ya que, para ellos, mientras resultaba imposible el aprendizaje de la algarabía por el cristiano, los moriscos si alcanzaban a comprender la lengua romance. Si están solos, su lengua, en sus fiestas y bailes sin presencia de cristianos viejos, les sirve para conspirar ya que “usan de nombres moros en sus casas y comunicaciones secretas” (Memorial del obispo de Segorbe, 1587).  Jaime Bleda nos señala que, incluso en los propios patios del palacio real, sin distintivo que los señale (una de las peticiones mas reclamadas por estos escritores), espían y “están investigando cosas de la defensa y guarda de la sociedad cristiana”.

Los escritores de la época, de entremeses y comedias, historietas y relatos cortos, como Céspedes y Meneses, Quevedo, Lope de Vega o Agustín de Rojas, los muestran, cuando los describen hablando en castellano, en su aspecto más ridículo y perverso de su condición de siervos. Sus fallos lingüísticos que se presentan como intencionados, son como las “medias palabras” de los esclavos cuya mala idea es proverbial en la tradición literaria.

Todos estos datos, a pesar de su independencia aparente, funcionan dentro de este esquema en forma circular y dinámica respecto a un centro común, lo que representaba 1a “algaravía” para los escritores de la época de finales del siglo XVI y principios del XVII, y que han transmitido sus valores semánticos en el ámbito ‘popular’ (de uso corriente), a través de libros, relatos y representaciones teatrales, hasta la actualidad. Al moverse y actuar, todos estos elementos dispersos se transforman en una unidad que define un objetivo: la algarabía representa al morisco que debe ser eliminado. Y terminan sonando en nuestros oídos como una repetitiva carraca.

Perceval José María. Algarabía: ¿lengua árabe o alboroto callejero? Manuscrits 3, Mayo 1986, p.117-127.

Recuperado  el 2 de agosto de http://www.materialesdehistoria.org/algarabia.htm

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